¿Y si esta vez no te escondes solo bajo la cama?
Después de dos juegos inolvidables —y un montón de traumas visuales cortesía de los enemigos deforme-fantásticos de Tarsier Studios— llega Little Nightmares III, el debut de la saga bajo el mando de Supermassive Games, los creadores de Until Dawn y The Quarry.

La expectativa era clara: mantener el encanto tétrico de las entregas anteriores, pero con su toque cinematográfico.
¿El resultado? Una mezcla de terror artesanal, cooperativo bien pensado y una pizca de “por favor, que no me agarre ese maniquí con cara de sopa vieja”.
Dos protagonistas, un solo miedo
Esta vez controlamos a Low y Alone, dos niños que parecen recién salidos de una terapia fallida de Tim Burton.
Cada uno tiene su propio juguetito para sobrevivir: Low carga con un arco, mientras que Alone empuña una llave inglesa que no solo sirve para golpear cosas, sino también para resolver puzzles ambientales (y ocasionalmente descargar frustraciones existenciales).

La gran novedad es el modo cooperativo en línea, que por fin convierte la experiencia en algo compartido. Si antes gritabas solo al ver que una sombra se movía detrás de ti, ahora puedes gritarle a tu amigo: “¡No vayas por ahí, imbécil, eso se mueve!”.
Y si decides jugar en solitario, la IA toma el control del compañero. No es perfecta, pero tampoco te deja tan tirado como algunos bots de Resident Evil 5. Eso sí, habrá momentos en los que quieras decirle: “Alone, si te caes otra vez al vacío, te dejo ahí”.
Pesadillas bellas, como siempre
El estilo visual sigue siendo una joya. Supermassive no traiciona la dirección artística de Tarsier; de hecho, la lleva a otro nivel.
Los escenarios de La Necrópolis, La Espiral y el grotesco Carnevale parecen salidos de una mente que mezcla a Guillermo del Toro con un niño que nunca superó el kinder oscuro de Silent Hill.

Cada nivel tiene su propio ritmo y paleta de colores enfermiza, desde túneles llenos de vapor industrial hasta habitaciones donde las marionetas parecen a punto de respirar.
Todo vibra con esa sensación de estar en un sueño donde todo es familiar pero nada está bien.
Y cuando crees que ya viste lo peor… aparece un enemigo con brazos largos y cara de pastel olvidado en el refrigerador.

Jugar con los nervios (y con tu paciencia)
En términos de gameplay, Little Nightmares III mantiene su esencia: sigilo, puzzles, exploración y escape.
No hay combates directos, pero sí muchos momentos de tensión donde moverte un segundo antes o después cambia todo.
Cada interacción está diseñada para recordarte que los niños son frágiles y el mundo es cruel (sí, gracias por recordarlo, Supermassive).

El juego te lanza acertijos ambientales bien pensados, donde cada herramienta de Low y Alone se combina para abrir paso o sobrevivir.
Hay que comunicarse, coordinar movimientos y, sobre todo, confiar.
Y claro, si estás jugando con alguien que no entiende de sincronía… bueno, prepárate para morir más veces que en Dark Souls, pero con mejor iluminación y más ternura.

Cooperar o morir (literalmente)
La implementación del modo cooperativo es el gran acierto.
No solo se siente natural, sino que cambia completamente la manera en que enfrentas los retos.
Hay puertas que solo se abren si uno sostiene una palanca mientras el otro pasa, mecanismos que requieren sincronía exacta y secciones de sigilo donde dividir tareas es crucial.
La tensión emocional también escala: no es lo mismo ver morir a tu compañero que perder una vida en solitario.
Cuando Low cae al vacío y escuchas el grito amortiguado, te duele más que ver morir a Mario en un Goomba.
Y si juegas con alguien cercano, la dinámica se vuelve mitad terror, mitad prueba de amistad. (Advertencia: Little Nightmares III puede destruir amistades más rápido que Overcooked.)

Banda sonora que te arrulla con miedo
El apartado sonoro es de lo mejor.
La música minimalista, los silencios cargados de tensión y los sonidos distorsionados de fondo crean una inmersión brutal.
El crujir de la madera, los pasos arrastrados, los murmullos lejanos… todo está hecho para que tu cerebro diga: “esto está mal, pero no puedo dejar de mirar”.

Y cuando suena la voz de un enemigo, o una carcajada infantil distorsionada, sabes que algo malo está por pasar.
El audio 3D en Switch 2 y PS5 se aprovecha de maravilla: si juegas con audífonos, cada pasillo parece vivo, respirando, observándote.
No apto para cardíacos ni para quienes dejan la luz apagada “por ahorrar”.

Apartado técnico y rendimiento
Supermassive lo ha optimizado bien.
En Nintendo Switch 2, el rendimiento se mantiene estable con un framerate sólido y tiempos de carga decentes (aunque algunos escenarios más densos hacen sudar un poco la consola), iluminación dinámica y texturas detalladas que no pierden ni un ápice de ese encanto enfermizo.
También hay que mencionar las ediciones especiales que Bandai Namco lanzó: la Deluxe Edition incluye skins para Low y Alone, un mini libro de arte y acceso anticipado a una misión extra.

Para los fans que aman coleccionar sufrimiento físico y digital, también hay una figura de Low con su arco que luce increíble en cualquier repisa… o en la esquina oscura de tu cuarto, donde nadie la mire directamente.
Lo malo (porque ni las pesadillas son perfectas)
No todo es terror y gloria.
La IA del compañero, si juegas en solitario, a veces se queda atorada o tarda en reaccionar.
Nada grave, pero sí puede romper la tensión en momentos clave.
También hay un pequeño problema de cámaras fijas, que dificultan calcular saltos o ver bien lo que hay detrás de ciertos objetos (ese clásico de la saga).

El otro punto es que, aunque la experiencia es sólida, no se siente tan revolucionaria.
Supermassive juega a lo seguro: respeta el tono, el ritmo y la estructura que ya conocíamos, sin arriesgarse demasiado.
Para los veteranos, puede dar la impresión de “ya he tenido esta pesadilla antes, solo que con mejores gráficos”.

El miedo compartido sabe mejor
Little Nightmares III no intenta reinventar el terror, pero sí refinarlo.
Es un juego que entiende su identidad, que se atreve a agregar algo tan simple —y tan poderoso— como la compañía.
Porque en un mundo tan retorcido y hostil, tener a alguien a tu lado (aunque sea un amigo digital que grita más que tú) cambia todo.
Supermassive cumple: mantiene la esencia, mejora el apartado técnico y entrega una historia breve pero intensa, donde cada rincón oculta un secreto y cada sombra una amenaza.
No es una revolución, pero sí una continuación digna, escalofriante y, sobre todo, inolvidable.
Y cuando terminas, no sabes si apagar la consola o revisar debajo de la cama.
Solo sabes que, una vez más, Bandai Namco logró que las pesadillas se sintieran hermosas.
“Porque las pesadillas compartidas también cuentan como terapia.”